viernes, 12 de julio de 2013

Guardiola

El victimismo en el Barça

La ausencia de Guardiola ha provocado durante un año mayor desgarro sentimental en el barcelonismo que la presencia de Mourinho

Rosell y Guardiola, en julio de 2010. / Efe

Al mejor Barça, ahora y siempre, difícilmente le destruirá su peor enemigo, aunque trabaje para Florentino, sino que será víctima de su propia liturgia romántica, aquella que antepone el suicidio al asesinato y percibe la derrota antes que la victoria. La ausencia de Guardiola ha provocado durante un año mayor desgarro sentimental en el barcelonismo que la presencia de Mourinho. Así que es lógico que a partir de ahora, en tanto que entrenador del Bayern Múnich, cada una de las comparecencias del técnico catalán se convierta en un partido de fútbol para las dos familias que desde siempre han convivido en el Barcelona desde los tiempos de Miró-Sans hasta la presidencia de Rosell. Nada sorprendente al fin y al cabo en un equipo que viste una zamarra azul y grana, lleva una bandera amarilla y roja y su carácter combina el seny con la rauxa.
A favor de Rosell juega la masa social, que no se fía de nadie más que de su presidente
No se trata de dar la razón a Guardiola o a Rosell, allá cada cual con la suya, sino de saber quién dice la verdad. Y una vez llegados a tal extremo, el técnico lleva las de ganar porque se expresa mucho mejor que el presidente, cosa lógica por otra parte si se tiene en cuenta que los mandatarios acostumbran a callar por un mal llamado sentido institucional. Ocurre que en el caso de Rosell su silencio como vocalista ha ido acompañado normalmente de mucho ruido instrumental en sus distintas etapas como directivo y opositor de la junta del Barça. Ha fichado y saneado económicamente el club y también ha conspirado y malmetido, utilizado testaferros, y a menudo ha generado desconfianza por hablar por boca de ganso. A su favor juega en cualquier caso la masa social, que no se fía de nadie más que de su presidente mientras no se demuestre lo contrario.
También Guardiola tiene obviamente puntos débiles, y su manera de flirtear con el Bayern Múnich cuando aún entrenaba al Barça decepcionó a escépticos y militantes suyos en el Barça. No está muy bien visto tampoco que su hermano sea el intermediario de jugadores como Thiago que pueden acabar precisamente en el equipo campeón de la Bundesliga. Y algunos le reprochan incluso que en los malos momentos utilizara a gente de su confianza como Estiarte para mediar con figuras difíciles como Messi. No es fácil tratar con un personaje propio de los dramas de Shakespeare. El análisis del deterioro de sus relaciones con Tito y Zubizarreta da para mucha literatura. Hay, sin embargo, un argumento que le redime de dar más explicaciones y es su obra de gobierno: convirtió al Barcelona en el mejor equipo y el más admirado del mundo por su movimiento, precisión y belleza.
La obra gigantesca de Guardiola se construyó desde la grandeza, nunca
a partir de la miseria
Ahí radica su mérito y también su autoridad. La obra gigantesca de Guardiola se construyó desde la grandeza, nunca a partir de la miseria. El suyo fue un discurso universal, en Madrid y en Múnich, en Londres y en Buenos Aires, en la China y en Estados Unidos, siempre seductor. El mismo que aprendió de Cruyff y al que dio vuelo Laporta. Nada que ver con el parlamento victimista de Rosell, alimentado a veces en medias verdades y medias mentiras, utilizando a terceros, pusilánime. A Rosell le pierde jugar a la defensiva siendo un delantero, nada nuevo si se recuerda que en su participación como vicepresidente en el documental Barcelonaconfidencial se significó por expresar sus temores a los poderes fácticos: “¡Ens la fotarán!”.
El miedo y la coartada, el sentirse maltratado y la justificación, no tiene sentido cuando Rosell es el presidente más votado de la historia y por tanto el más autorizado para aglutinar al barcelonismo hoy dividido. Tenga o no razón, no es fácil gobernar con Tito y Rexach después de enfadar a Guardiola y Cruyff. Haría bien el consejo en atender al recado del exentrenador, que se expresó precisamente en catalán para que su mensaje llegara sin interferencias, y procurar lo mejor para el Barça. Mal asunto si los que hoy están y los que se quedarán necesitan negar a los que se han ido y se irán para afirmarse en el Camp Nou. La rueda de prensa de Guardiola fue en este sentido extemporánea y al mismo tiempo creíble porque no se duda de su palabra, capaz como es de transmitir confianza, sino que la gente se pregunta por las circunstancias y por lo que ha pasado.
Igual que cuando partió del Camp Nou y estuvo un año en silencio en Nueva York. Ante la dificultad de descifrar al barcelonismo, es lógico que sus propias cuitas cainitas sean más nocivas que las armas del peor de los enemigos.

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