domingo, 31 de marzo de 2013

Precariedad.

El digno precario

Javier López Menacho repasa en un libro su insólita vida laboral

El periodista trabajó disfrazado de chocolatina o como encuestador de moteros

Javier López Menacho, autor del libro 'Yo precario'. / Cristóbal Manuel

Ha sido chocolatina, galleta, sándwich... Ha cobrado por ello sueldos ínfimos. Lo contrataban empresas que a su vez contrataban con otras empresas que además habían contratado con otras... Ha sido un trabajador por cuenta ajena y lo sigue siendo, pero nunca le vio la cara al que lo empleaba de verdad.
Durante año y medio hizo todo eso Javier López Menacho en las calles de Barcelona. Es de Córdoba, sus padres viven en Jerez y ahora tiene 30 años. Es periodista, siempre quiso ser escritor. Ha sido precario “para pagar la habitación, que mide el ancho de mis manos, y para no pedir dinero a mi padre”. Así, como mascota, se presenta en el libro en el que cuenta su vida laboral. Yo, precario ha sido editado por Libros del Lince y ya su editor, Enrique Murillo, “que es como un padre”, le ha avisado de que se imprime una segunda edición.
Cuando salió el libro, su padre, que fue cura en Jerez hasta que se enamoró, lloró al teléfono. Ahora él no quiere hacer “un circo” de su historia; está “orgulloso” de haber llegado al editor, al prologuista (Manuel Rivas) y a la prensa por “caminos derechos, los que marcó Murillo”, y no en función “de ninguna artimaña” que no hubiera creído digna. Ese aspecto de muchacho noble y simpático, dicharachero y respetuoso, gana enseguida al que tiene delante. “Me decían que era simpático”, y por eso, “y porque hablaba andaluz”, le dieron algunos de los trabajos.
El primer trabajo precario fue en el metro. Tenía que controlar el fraude. Se sentaba en un escalón y apuntaba las veces que la gente se saltaba el controlador. Ocho horas al día. “Era para un estudio de mercado. Yo señalaba dónde defraudaba más la gente y allí ponían más guardias”. Era demasiado chico (1,70) para ser mascota, así que no lo quisieron como pollo de Gallina Blanca, pero pronto salvó esa dificultad gracias a su simpatía. “Ah, andaluz, vente”. No saber catalán también era un hándicap para ser encuestador, “pero me apunté a catalán, y con lo poco que supe salvé también ese escollo”.
Se pagó las clases con el paro, pero cuando este se acabó lo ayudaron sus padres. El padre es maestro jubilado, su madre sigue con sus labores. “Era un cura rojillo. Se enamoró de mi madre y se salió. Luego estudió Filosofía, hizo oposiciones, y así ha estado, de funcionario. Tiene mérito mi padre: siendo pobre, les dio carrera a los tres hijos: una chica, que es maestra interina, mi hermano y yo; somos mellizos. Mi hermano es el crítico más feroz que tengo. Es periodista, pero ahora diseña”.
El padre pensó que su hijo estaba siendo vejado: “Tú, dentro de una mascota”. “Yo me siento muy digno”, le contestó
“El precario se acostumbra a lo precario”. El padre lo llamó un día. Sintió que su hijo estaba siendo vejado, “tú dentro de una mascota”. Le dijo que no, que yo me sentí dignísimo, “pero te parte el alma que tu padre llore. No, padre, le dije, yo me siento muy digno, y mañana seguiré de mascota, no se me caen los anillos”.
Fue encuestador. “Tenía que buscar a alguien que tuviera una moto de determinada marca, y si se sometía a la encuesta le daba 12 euros”. Otra vez él mismo sirvió como encuestado. De fragancias. De consumidor de tabaco. Pero no fumas. “Haces de todo”, dice. Le pagaban en bonos de 20 euros, y con eso iba acumulando para la comida, para la habitación... Ese rumbo lo llevó a ser chocolatina... “Llamé a la empresa que me podía contratar. Les hizo gracia que hablara andaluz. ‘Uy, qué gracioso’, me dijeron otra vez”... Cuando estuvo frente a su empleadora, esta le preguntó enseguida: “¿Parla català?”. “Me cogieron”. Pero si no habla catalán. “Bueno, los engañas un poquito, maquillas la realidad”.
Luego, como chocolatina, era el que más hablaba para llamar la atención de los consumidores. “Hablaba como Aznar, en chicano, hacía de oso Yogui, era Simpson... A los niños les molaba muchísimo que me enrollara así con ellos... Un niño, Marcos, se sintió tan seducido que se negó a reconocer que dentro de la chocolatina hubiera un hombre. Él creía que ahí dentro estaba cada uno de los personajes que yo le hiciera creer que había”.
En la empresa que le contrató para ser chocolatina fue donde tardaron siete meses en pagarle. “Me salté la cadena de mando, escribí una carta por correo electrónico a los verdaderos dueños de la cosa; se enfadaron conmigo y se acabó el curro”. En medio del paro, “un dinero que me debían de un trabajo anterior en Valencia me sirvió para ir tirando”. Luego surgió un trabajo, el de auditor de máquinas de tabaco. Dos euros por máquina, dieciocho bares el primer día. Tenía que avisar qué se consumía más, qué faltaba. “Me miraban muy mal en los bares”. A la salida de uno de ellos, un hombre quiso atracarlo, “a la luz del día, me dijo que me iba a rajar. Me dio miedo, salí corriendo. No volví a hacer ese trabajo”.
Hay gente que dice que leer el libro le ha dado esperanzas
Luego fue promotor de “una famosa empresa de teléfonos”, sorteaba una bicicleta, y a aquellos que se prestaban a participar en el concurso “les regalaba un zumo de naranja”. En el tren, de Barcelona a Terrassa. “Me salía fatal, porque el tren subió de precio y yo tenía que pagarlo con los 4,50 euros que me pagaban a la hora... El tren valía siete euros ida y vuelta”.
Hasta que fue speaker de los partidos de la selección española en la Eurocopa. “Narraba los partidos en los cines, y a cada jugada importante tenía que anunciar un coche. Cincuenta euros la sesión. Como España ganó, gané bastante”.
No hizo esos trabajos para narrar su vida de precario. “Los hice para sentirme digno. Ahora creo que he escrito un libro digno. Y hay gente que dice que leerlo le ha dado esperanzas”. Sus maestros son Jordi Carrión (que le dejó ir gratis a sus clases de crónica), Hunter Thompson, Martín Caparrós, Rodrigo Fresán... Se sentó a firmar su primer autógrafo de escritor este último lunes en el café Gijón de Madrid. Antes había contado que su padre lloró, ahora de alegría, cuando el editor lo llamó para decirle que su hijo el precario ya iba por la segunda edición.

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