domingo, 28 de octubre de 2012

Lo ingrato.

Lo ingrato

Siempre duele más la ingratitud de los propios, pues son los que están llamados a sustentarte

Antonio Basagoiti, el líder del Partido Popular en Euskadi, tiene con la mirada un problema que es habitual en las personas altas: no se conforma con la distancia que ya tiene con respecto a su interlocutor y busca más arriba, donde ya no hay nada. Y, claro, lo que ve es horizonte, no cabeza; a su alrededor puede haber un incendio, pero se da cuenta tarde; ingenuamente espera que el humo venga de otra parte.
Eso lo percibí un día, hace dos años, cuando lo observé en la Universidad Laboral de Gijón, adonde él había acudido para escuchar a Juan Cueto y a Manuel Vicent. Presentaba este un libro de Cueto; Basagoiti había visto en algún lado que esa tarde estos dos pesos pesados de la columna nacional iban a hablar de lo que le había pasado a este país cuando salíamos de la zona embarrada del franquismo, y allí se fue, en su moto.
Hace dos años él era la esperanza de su partido en Euskadi, y contribuía entonces, además, a construir en ese lugar del mundo el tiempo que ahora se vive allí. Antes era difícil que ese hombre se echara a la carretera con tan poca carrocería, pero entonces ya eso empezaba a ser posible, entre otras razones, gracias a él.
Tampoco era habitual que un político en ejercicio hiciera tanto recorrido tan solo para escuchar hablar a dos escritores sobre la experiencia que les fue común cuando él era un chiquillo que seguramente ni pensaba entrar algún día en el túrmix de la política. Pero esta es otra historia.
Basagoiti, con Patxi López y con otros políticos vascos, mantuvo la paciencia que fue necesaria para que su ansiedad por alcanzar la paz no se interrumpiera por la envidia que sienten los que prefieren no llegar nunca que llegar, o por la precipitación de los que prefieren no hacer el viaje en absoluto sobre todo para que otros no lo hagan tampoco.
A Basagoiti le llovieron chuzos de punta por atreverse a hacer ese recorrido, probablemente porque está acostumbrado a ir en moto, y en ese medio de transporte uno no escucha casi nada de lo que se dice alrededor. Pero más de uno de los suyos (sobre todo de los suyos) le puso el aliento en el cogote diciéndole abiertamente que se iba a estrellar. No solo se lo dijeron: le hicieron notorio que tampoco iban a ayudarle a hacer el recorrido.
Él simuló no darse por enterado, por esa facultad de mirar hacia donde no hay nada que tienen los altos, pero ahora que ha perdido tanto en su voluntad de llegar más lejos en el Parlamento de Vitoria los que se la tenían guardada le han restregado los resultados como si él fuera culpable de la historia y también de la voluntad de los electores que fueron consultados.
Independientemente de los juicios que merece el resultado de la contienda en la que fueron barridos tanto López como él, hay un aspecto de la reacción que culpa a Basagoiti que refleja el deseo que a veces los propios exhiben de que se haga realidad el fracaso que auguran en silencio (o gritando) en el fondo de sus almas. Siempre duele más la ingratitud de los propios, pues son los que están llamados a sustentarte. Que tan pronto intenten demoler la casa aún frágil que trataba de construir Basagoiti refleja, me parece, lo peor de la política: la ingratitud con la que se premia, desde los bancos amigos, el esfuerzo desbocado de los motoristas ingenuos.
jcruz@elpais.es

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